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La cuaresma, un tiempo de purificacin

Un tiempo que constituye un camino de preparacin espiritual ms intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prcticas penitenciales a las que la tradicin bblica cristiana confiere un gran valor —la oracin, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los cados, la alegra a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregn pascual).

 Nos recuerda los cuarenta das de ayuno que el Señor vivi en el desierto antes de emprender su misin pública.

 Jesús orando y ayunando se prepar a su misin, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

La Cuaresma podra ser una buena ocasin para retomar las normas contenidas en la Constitucin apostlica, (Constitucin apostlica Pænitemini de 1966) valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua prctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egosmo y a abrir el corazn al amor de Dios y del prjimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

 Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prjimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oracin, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliacin y en la activa participacin en la Eucarista, sobre todo en la Santa Misa dominical

En su mensaje cuaresmal se detiene en:

“Reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno.”

 El ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él

 Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor

 En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razn profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que impona la ley, pero su corazn estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasin el divino Maestro, consiste ms bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensar” (Mt 6,18).

– el verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34).

 La prctica del ayuno est muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5).

 Escribe San Pedro Crislogo: “El ayuno es el alma de la oracin, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste odos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta odo a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros das, parece que la prctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido ms bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo

Est claro que ayunar es bueno para el bienestar fsico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios

El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situacin en la que viven muchos de nuestros hermanos.

 Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposicin interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvacin. Con el ayuno y la oracin Le permitimos que venga a saciar el hambre ms profunda que experimentamos en lo ntimo de nuestro corazn: el hambre y la sed de Dios.

 Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los dems, demostramos concretamente que el prjimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atencin hacia los hermanos, animo a las parroquias y dems comunidades a intensificar durante la Cuaresma la prctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oracin y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacan colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se haba recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta prctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

En la audiencia general del 2 de febrero de 2008 Benedicto XVI nos record:

En los orgenes, en la Iglesia primitiva la cuaresma era el tiempo privilegiado para la preparacin de los catecúmenos a los sacramentos del bautismo y de la eucarista que se iban a celebrar en el curso de la vigilia pascual. La cuaresma era el tiempo de volverse cristiano, el cual no se realiza en un único momento sino que exige un largo recorrido de conversin y renovacin. Los que ya estaban bautizados se unan a esta preparacin desvelando en ellos el recuerdo del sacramento ya recibido y disponiéndose para una renovada comunin con Cristo en la gozosa celebracin de la Pascua. As la cuaresma tena, y conserva hasta hoy, un carcter bautismal, en el sentido que ayuda a mantener despierta la conciencia de que ser cristiano se realiza siempre como un nuevo despertar: ser cristiano no es nunca un hecho ya terminado que se encontrara detrs nuestro, sino un camino que exige siempre un nuevo ponerse en acto.

Y con respecto al miércoles de ceniza dice en la misma audiencia:

El celebrante, al imponernos la ceniza en la frente, nos dice «acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirs» (Gen 3,19), o bien, repitiendo la exhortacin de Jesús, «convertos y creed en el Evangelio» (Mt 1,15). Las dos frmulas constituyen una misma llamada a la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadores en necesidad constante de penitencia y de conversin. ¡Cun importante es hoy escuchar y acoger esta llamada! El hombre contemporneo, al proclamar su completa autonoma frente a Dios, se hace esclavo de s mismo y a menudo se encuentra en una desolada soledad. La invitacin a la conversin, es entonces, una invitacin a regresar a los brazos de Dios, Padre lleno de ternura y misericordia, a poner en él nuestra confianza como hijos adoptivos regenerados por su amor… «Convertirse» pues, quiere decir dejarse conquistar por Jesús (Flp 3,12) y, con él, «volver» al Padre. La conversin implica as el ponerse humildemente a la escuela de Jesús, y caminar dcilmente tras sus huellas.