• 84°

Comunicadores al estilo de san Pablo

Hay una realidad que nos identifica: somos cristianos. Desde esta experiencia de fe ejercemos nuestra tarea de comunicadores, partcipes de la tarea evangelizadora de la Iglesia.

A la luz de la figura de San Pablo, el apstol-comunicador, de quien estamos celebrando el bimilenario de su nacimiento, veremos nuestra misin y reflexionaremos sobre ella para ser fieles a nuestra vocacin.

La vida cristiana comienza con una experiencia de encuentro. En el camino de la vida y en nuestra propia historia personal, Dios se hace presente, invitando, seduciendo, comprometiendo.

La conversin de Pablo que nos narran los Hechos muestra la realidad transformante de una experiencia que cambiar radicalmente la vida de Saulo de Tarso, perseguidor de los cristianos, para convertirlo en el Apstol de los Gentiles. La ceguera en la cual se encontraba vio brillar, por la fe, una nueva luz.

Jesús lo llam a participar de su misin. Pablo mismo reconocer ésta misin como una vocacin: “…elegido para anunciar la Buena Noticia.”

También nosotros nos sentimos urgidos por el mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creacin.”

Y para cumplir esta orden contamos con ms medios que con los que cont Pablo. Hoy las cartas, la predicacin, los viajes—métodos usados por el Apsotol para evangelizar—se nos hacen f1ciles, rpidos, atractivos e influyentes a través del uso de los poderosos medios de la comunicacin social, y hemos recibido dones, talentos, aptitudes que nos capacitan para acercar al hombre de hoy el mensaje de Jesucristo con el lenguaje y los medios modernos con los que nos comunicamos en la actualidad. Son dones que el Espritu Santo distribuye, según nos los enseñ el Apstol: “El Espritu da a uno la sabidura para hablar; a otro la ciencia para enseñar. A éste el don de curar, a uno el don de la profeca, a otro el don de lenguas.” Sin olvidar claro est, que el don ms precioso al que debemos aspirar es el don del amor…porque sin amor no soy nada.

De nuestro singular modo de comunicar depender de que la palabra proclamada, escrita o proyectada pueda tener cabida en el corazn del hombre. Nuestro lenguaje directo, claro, dinmico, adaptado al auditorio o audiencia, har accesible el mensaje del Señor a aquellos a quienes se los comuniquemos.

Claramente dice San Pablo: “Si yo fuera a verlos y les hablara con un lenguaje incomprensible, ¿de qué les servira si mi palabra no les aportara ni revelacin, ni ciencia, ni profeca, ni enseñanza? Sucedera lo mismo que con los instrumentos de música, por ejemplo la flauta o la ctara. Si las notas no suenan distintamente, nadie reconoce lo que se est ejecutando. Y si la trompeta emite un sonido confuso, ¿quién se lanzar al combate?. As les pasa a ustedes: si no hablan de manera inteligible, ¿cmo se comprender lo que dicen? Estaran hablando en vano. Si ignoro el sentido de las palabras, seré como un extranjero para el que me habla y él lo ser para m.”

Hemos recibido un mandato. Nuestro apostolado es una vocacin. Fuimos llamados por Jesús, y la Iglesia nos enva con esta misin. Sintamos hoy en lo profundo del corazn que hemos sido elegidos y capacitados para realizar esta tarea. La Iglesia confirma esta eleccin divina, alentndonos y dndonos el lugar que tenemos, para que difundamos con dignidad y competencia la Palabra de Dios a través de aquello que escribimos, decimos o mostramos.

Nuestra difcil, comprometida y apasionante misin nos exige un conocimiento acabado de la realidad a la que hemos de anunciar el Evangelio, a la que hemos de impregnar con los valores evangélicos. Nuestra cambiante cultura nos exige estar al tanto de las situaciones que se presentan para dar respuesta desde nuestra fe. No podemos pues vivir un espiritualismo que nos asle, sino que, con el corazn firme en el Señor hemos de caminar con firmeza las realidades del mundo, con juicio crtico y capacidad de comprensin, tolerancia y dilogo.

Este es el celo apostlico que impuls la misin de Pablo: “Siendo libre me hice escla vo de todos, para ganar al mayor número posible. Me hice judo con los judos para ganar a los judos; me somet a la Ley a fin de ganar a los que estn sometidos a la Ley. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo con todos, para ganar al menos a algunos, a cualquier precio.”

Por ser tan importante nuestra tarea—misin recibida del Señor e impulsada por la Iglesia- no podemos comunicar de cualquier manera. Debemos apuntar a la excelencia en la comunicacin catlica. Nuestro estilo de comunicar debera ser modélico. All mostraremos la dignidad y riqueza de la Palabra de Dios.

“Trata de ser un modelo para que los creen, en la conversacin, en la conducta, en el amor, en la fe, en la pureza de vida. No malogres el don espiritual que hay en ti. Vigila tu conducta y tu doctrina. Si obras as, te salvars a ti mismo y salvars a los que te escuchen.”

Por eso hemos de buscar cada da capacitarnos para utilizar debidamente la palabra, la escritura, la imagen e incluso las nuevas tecnologas. El comunicador catlico debe estar capacitado técnicamente para esta tarea que le exige una constante creatividad puesta al servicio del Reino. Debemos generar ideas originales, entretenidas, capaces de llegar al corazn de nuestro interlocutor y transformar su vida con el poder vivificador del Evangelio. Los ms=2 0jvenes deben buscar alcanzar una preparacin terciaria o universitaria en este campo. Nos faltan profesionales consagrados a vivir este apostolado con conviccin, coherencia y calidad profesional. Nos falta muchas veces la necesaria astucia de la que hablaba Jesús desafindonos a la evangelizacin.

Claro que no basta la preparacin técnica. No slo hay que adquirir un buen lenguaje, tener una buena voz, escribir correctamente o mostrarse de forma adecuada en los medios audiovisuales. Hay que tener algo que decir. De all que sea tan importante la formacin doctrinal. Y esta es una formacin permanente. Hoy da no basta haber hecho un curso bblico, o un seminario de catequesis, ni siquiera ser profesor de teologa. Cada da debemos leer, estudiar, investigar, para “dar razones de nuestra fe”, como nos dice San Pablo. Debemos fundamentar la verdad que proclamamos. La Iglesia en su larga tradicin magisterial tiene elaborados infinidad de documentos que argumentan sus dogmas y su moral. Nosotros debemos ir siempre a esas fuentes. No podemos ser “opinlogos”—como tantos presentes en los medios-. Cada tema que tratamos debe ser tratado con responsabilidad, pues estamos comprometidos con la Verdad.

Al ejercer nuestra tarea, estamos poniendo sobre el candelero nuestra luz, la luz de Jesús. Son nuestras buenas obras las que deben alumbrar para que los hombres al vernos actuar puedan creer, como nos ha enseñado el mismo Jesús. Pero qué dif cil es estar tan expuesto en un medio de comunicacin, transformado hoy en vidriera del mundo, sin opacar a quien es la Luz verdadera.

“Nosotros somos la fragancia de Cristo al servicio de Dios.”

Un pecado en el que podemos caer como comunicadores es la falta de humildad.

“Aparecer” en un medio nos pone en un lugar destacado. No siempre estamos preparados para esta exposicin pública. Por ello, la humildad modera el apetito que tenemos de la propia excelencia, contrarresta la soberbia, el orgullo, la vanidad. Si no somos concientes, como Juan el bautista, de que slo somos la voz de quien es la Palabra, nos enceguecern los aplausos y halagos que a menudo recibimos de nuestros interlocutores. Es verdad que alienta nuestra tarea el saber que nuestros receptores reciben nuestro mensaje con agrado, pero siempre estar el riesgo de querer “aparecer”. All sera infecundo nuestro apostolado y quedara trunca la evangelizacin, pues apareceramos nosotros y no Jesucristo, corriendo incluso el riesgo de acomodar el Mensaje para “quedar bien” con quienes nos escuchan o leen.

Pablo nos da el ejemplo: “Cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabidura. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y de Jesucristo crucificado. Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante. Mi palabra y mi predicacin no tenan nada de la argumen tacin presuasiva de la sabidura humana, sino que eran demostracin del poder del Espritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabidura de los hombres, sino en el poder de Dios.”

Esta reflexin nos hace deducir que slo los Santos evangelizan, pues el verdadero anuncio ha de realizarse con la palabra y el ejemplo.

Pensar en nuestra identidad como comunicadores catlicos es pensar en nuestro singular camino de santidad, que San Pablo nos traza en un texto que es verdadero programa de vida para el comunicador catlico:

“Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca. Alégrense con los que estn alegres, y lloren con lo que lloran. Vivan en armona unos con otros, no quieran sobresalir, pnganse a la altura de los ms humildes. No presuman de sabios. No devuelvan a nadie mal por mal. No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien.”

Este es el camino de la conversin constante en el cual debemos estar. El comunicador catlico es un ser “animado por el Espritu” que no tiene como modelo a este mundo sino que vive transformndose interiormente renovando su mentalidad para poder discernir cul es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Por ello debe examinarse para comprobar si est en la verdadera fe, poniéndose a prueba seriamente. Y lanzarse decididamente hacia la meta para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios nos ha hecho en Cristo Jesús.

Nuestra misin ser pues, una necesidad: “¡Ay de m si no predicara el Evangelio!”, aunque a causa de ella tengamos que sufrir burla, incomprensin, persecucin o la misma muerte. Paradjicamente éstos fueron los motivos que tuvo Pablo de gloriarse: “¿Son ministros de Cristo? Vuelvo a hablar como un necio: yo lo soy ms que ellos. Mucho ms por los trabajos, mucho ms por las veces que estuve prisionero, muchsimo ms por los golpes que recib. Con frecuencia estuve al borde la muerte, cinco veces fui azotado por los judos con los treinta y nueve golpes, tres veces fui flagelado, una vez fui apedreado, tres veces naufragué, y pasé un da y una noche en medio del mar. En mis innumerables viajes, pasé peligros en los ros, peligros de asaltantes, peligro de parte de mis compatriotas, cansancio y hasto, muchas noches en vela, hambre y sed, frecuentes ayunos, fro y desnudez. Si hay que gloriarse en algo, yo me gloriaré de mi debilidad.”

Pero todo esto, no admite para Pablo el menor desaliento: “Si nuestro Evangelio todava resulta impenetrable, lo es slo para aquellos que se pierden, para los incrédulos, a quienes el dios de este mundo les ha enceguecido el entend imiento. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos ms que servidores. Porque el mismo Dios que dijo: ‘Brilla la luz en medio de las tinieblas’, es el que hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo.”

Esta profeca de esperanza debe arder en el corazn del comunicador y no callarla. Ante el desasosiego que generan tantos males presentes en el mundo, no podemos callar la Buena Noticia que ha cautivado nuestra vida. Pero, como este gozoso anuncio es combatido por las calamidades que anuncian slo destruccin y muerte, debemos vestir las armaduras del cristiano, para continuar nuestra tarea con entusiasmo, conviccin y alegra.

“Por lo dems, fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder. Revstanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espritus del mal que habitan en el espacio.

Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el da malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturn de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo=2 0por propagar la Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrn apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvacin, y la espada del Espritu, que es la Palabra de Dios.”